Cómo identificar el hambre físico y el emocional


Cómo identificar el hambre físico y el amocional

El estado de ánimo influye en la forma de alimentarnos, y como prueba de ello la comida se convierte en el refugio más fácil y accesible. Alimentos con un elevado contenido en grasas, azúcar y sal suponen el mejor consuelo. Por ello la nutrición emocional busca, a través de habilidades psicológicas, aprender a distinguir entre el hambre físico y el que está marcado por la ansiedad o la apatía.

 

La acción de comer genera, en la mayoría de las ocasiones una sensación de bienestar. sin embargo, el simple hecho de estar contento o, por el contrario deprimido, puede influir y determinar la forma de alimentarnos. «Si estamos de buen humor y tranquilos es más fácil que nuestra alimentación sea adecuada, cuando nuestro estado de ánimo es negativo, las sensaciones que lo acompañan pueden propiciar que busquemos el alivio o el refugio en la comida».

 

Muchas veces comemos para anestesiarnos más que para alimentarnos, desde niños nos premian y castigan con la comida y el cerebro registra esa información y la integra en la vida cotidiana y en especial, cuando surgen dificultades. Por ello, y dado que el ritmo de vida actual protagonizado por las prisas ha propiciado que se coma de cualquier manera y sin apenas dedicarle el tiempo necesario, hay que aprender a distinguir entre el hambre físico y el hambre emocional», advierten expertos nutriólogos.

 

Dado que alrededor de una mesa se producen todo tipo de celebraciones, la comida no debe convertirse en el único mecanismo del que disponemos para regular nuestras emociones. Los trastornos de la conducta alimentaria y la obesidad son claros exponentes de patologías que tienen su base en el ‘‘comer emocional’’. Existen alimentos que esconden una relación directa con las emociones los que suelen apetecer más, tanto en momentos de euforia como en los depresivos corresponde a los de alto aporte calórico, entre los que destacan aquellos que poseen un elevado contenido en azúcar, grasas o sal. Una vez que la persona los ingiere, se promueve la segregación de sustancias en los sistemas de recompensa de nuestro cerebro. Regulados por neurotransmisores, permiten que el individuo desarrolle conductas aprendidas que responden a hechos placenteros o de desagrado. La estimulación excesiva de este sistema conlleva en algunas personas, cambios bioquímicos permanentes que modifican la respuesta a estímulos externos y, por tanto el comportamiento en general.

 

Cuando estamos en un estado de ánimo depresivo y buscamos refugio en la comida, comemos lo que tenemos ansiedad por comer, si tenemos ansiedad por dulce, lo más frecuente es acudir al chocolate o pastelería, pero si tenemos ansiedad por salado, optamos por las patatas fritas, el queso o los embutidos.

Esta realidad cobra todavía más importancia cuando la persona decide hacer una dieta para perder peso, con la idea de luchar contra las emociones que pueden verse interferidas por no comer como es debido surge la psiconutrición, que consiste; en equipar a la persona que debe llevar a cabo un proceso de adelgazamiento de las habilidades psicológicas para no caer en la ingesta emocional y responder sólo a la fisiológica sin sufrimiento, ansiedad y con calma.

 

Es por esto que el término «dieta» conlleva un problema conceptual, se ha demostrado que los programas para la reducción de peso que resultan eficaces son aquellos que promueven cambios en los hábitos alimentarios y en la actividad física. Cuando hablamos de dieta nos referimos a una conducta limitada en el tiempo y objetivos, un cambio de hábitos conlleva una modificación permanente del modo de alimentarnos.

Por ello, es importante diferenciar entre los alimentos que nos estresan y nos estimulan, podemos elegir entre una gran variedad de productos que pueden mejorar la salud mental. Además, un estado físico saludable mejora nuestro ánimo, reduce la ansiedad y ayuda a salir de una depresión, la cafeína, alcohol, chocolate, los que contienen trigo, aditivos y grasas saturadas pertenecen, especialmente los cuatro primeros, a la categoría de estrés, mientras que el agua, las verduras, la fruta, el aceite de pescado, los frutos secos y semillas, los alimentos de grano entero, los ricos en fibra, los orgánicos y las proteínas bajas en grasas propician un buen estado de salud.  El problema reside, en que muchas veces tenemos ansiedad por no hacer correctamente las comidas a lo largo del día. El simple hecho de ordenarlas y comer de forma adecuada reduce esa sensación, porque parte de esa supuesta ansiedad es hambre, asimismo no saltarse el desayuno y comer con regularidad, son las dos estrategias clave que impulsan la salud mental. Si a esto le añadimos ejercicio regular, obtendremos la ecuación perfecta.

 

El peligro de la restricción

 

Restringir de la dieta ciertos alimentos puede incrementar esa sensación de angustia que, a la larga desemboca en un consumo desaforado de los mismos. El azúcar influye en los estados depresivos y actúa como un círculo vicioso. En dietas restrictivas que carecen de hidratos de carbono y azúcar, nos lleva a hiperreaccionar ante acontecimientos que nos resultan normales cuando no hacemos dieta. Cuando se produce un atracón de esos alimentos azucarados se genera una descompensación hormonal, aumenta el sentido de culpa y el estado de tristeza.

 

Por ejemplo, las personas que hacen deporte con frecuencia y no comen una cantidad adecuada de hidratos de carbono, pican dulce. Esto mismo les ocurre a aquellas que han eliminado los hidratos de carbono por seguir alguna dieta ‘‘milagro’’. Aunque antes de hacer esa dieta no fueran personas de comer dulce, después de seguirla tienen más apetencia por ellos. La restricción de carbohidratos fomenta el picoteo de dulce en momentos del día más tranquilos, como por ejemplo, por la noche. El chocolate, por ejemplo, es un alimento que muchas personas consumen en momentos de ansiedad porque posee teobromina, un componente similar a la cafeína que produce una sensación de placer sobre nuestro cerebro. Actúa como relajante muscular, es un excitante débil, posee propiedades diuréticas y es un estimulante cardiaco y vasodilatador. Por contra, el té y el café contienen cafeína que tiene propiedades excitantes.

 

Lo mejor de todo es hacer conciencia, seguir una dieta balanceada, y conocernos interiormente atravez de la meditación  de esta manera se logra tener una mente sana y un cuerpo sano.

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